El canto del gallo por la mañana me indica que es hora de comenzar mi día, no necesito de un despertador, Tadeo es infalible y no necesita pilas; me levanto de inmediato a alimentar a mis animalitos, a Benito el perico, Lola, Tito y Ramona, mis adorados gatos y a los cuatro perros: Rita, Manchas, Martina y Macarrón, mis grandes compañeros que he encontrado en mis pocas travesías que realizo una vez al mes al pueblo donde habito, así como a las palomas que se acercan gustosas al jardín a esperar las migas de pan que les obsequio y por supuesto a Tadeo y a su amada Enriqueta; con ellos formé una familia, no tengo a nadie más. Fui hija única y muy cercana a mis padres, al crecer siempre cuide de ellos, mi padre murió hace 9 años y mi madre dos años después, al ya no estar ellos conmigo pensé que quizás podría rehacer mi vida, pero no apareció algún pretendiente que me solicitara en matrimonio, tal vez porque no soy muy agraciada físicamente.

Aún vivo en la pequeña casa que me vio nacer y que me heredaron mis padres, no es grande, pero tiene lo suficiente para estar cómoda, la mantengo exactamente como ellos la decoraron, así que no hay nada de modernidad en ella, todo es tan antiguo que he pensado en algún futuro llevarlo a una tienda de antigüedades, siempre y cuando tenga alguna necesidad económica, mientras tanto sigo satisfecha en mi casa con todos sus recuerdos que esos objetos conllevan.

El año pasado llevé a cabo mi testamento, pensé que ya era el tiempo adecuado para hacerlo, lo realicé a favor de la sociedad protectora de animales. No hay mucho que dejarles más que mi vieja casa y los objetos aún más viejos que ahí se encuentran. En el testamento existe una cláusula, que deberán cuidar de mi familia. Sé que mi herencia no es mucha, pero les podrá servir para comprar alimento.

Siempre ha pasado por mi mente la fantasiosa idea de ser millonaria para poder comprar un predio muy grande y llenarlo con todo tipo de animales necesitados, pero mi realidad es que soy una vieja de 83 años con una pobre pensión de mi antiguo trabajo de camarera en un viejo hotel en este lejano pueblo Andaluz y aunada a la ayuda económica que me proporciona el gobierno sobrevivo bien, ya que mis necesidades son muy pocas; aun así, compro mi billete de lotería al mes, para ver si algún día obtengo un gran premio y poder cumplir mi soñado anhelo.

Alimentar a mis animales es mi parte favorita del día, ellos me hacen sentir que aún soy indispensable y sentirme amada. Al terminar de atenderlos voy a la cocina, mi sitio predilecto de la casa, me preparo de desayunar lo acostumbrado, dos tostadas de avena y una taza de té mientras veo el noticiero en mi antiguo televisor de bulbos. Una araña que pasa frente a mí me distrae, rápidamente la coloco sobre una servilleta y la saco afuera al jardín, ahí no correrá peligro. De regreso a la cocina mis ojos se inundan de lágrimas con las noticias; focas masacradas a palos en el ártico. Es por esa razón que casi nunca puedo ver un noticiero completo, no sé qué ocurre realmente en el mundo, siempre sale alguna noticia que me rompe el corazón y tengo que apagar el televisor; ayer los osos polares muriendo de hambre ante el calentamiento global, antier los incendios provocados en el Amazonas... Exclamé en voz alta —¡Cuantos seres vivos deben de haber muerto o quedado sin su hogar! Es difícil comprender este mundo —me dije a mi misma—¡No puedo con ello!

Por la noche pasé a la terraza en compañía de mi familia a excepción de Tadeo que ya se había retirado a descansar; contemplar la luna y las estrellas y tratar de escuchar el canto de los grillos era mi rutina nocturna cotidiana, me senté con dificultad en mi mecedora debido al dolor de mis viejas y artríticas rodillas, mientras que una fuerte melancolía se apoderó de mi al recordar el noticiero de la mañana.

No podía borrar de mi mente las crueles imágenes de las inocentes focas, mis ojos se volvieron a rasgar por las lágrimas, —¡Que impotencia al no poder hacer nada por todos los animales vulnerables! —exclamé— De pronto, en el firmamento, apareció una cegadora luz la cual bajo a toda velocidad y que sentí me traspasó.

Abrí los ojos aturdida, no sé qué había ocurrido, me encontraba tirada al lado de mi mecedora con el sol cubriendo por completo la terraza, y mis animalitos rodeándome en un perfecto círculo incluyendo a las palomas y a la araña que había sacado al jardín el día anterior, todos me observaban fijamente; quería pensar coherentemente en lo que estaba sucediendo y lo que había ocurrido por la noche.

Me levanté del suelo sin dificultad y me dirigí al interior de la casa, detrás de mi venían de nuevo en formación todos mis animales junto con las palomas y la araña.


—¿Qué hacen todos detrás de mí? —pregunté riendo—y de nuevo se colocaron a mi alrededor.

Ante tal extrañeza debo confesar que sentí un poco de temor, pero esa idea desapareció de mi mente de inmediato. ¡Ellos jamás me harían daño!


Mientras pasaban los minutos mi mente se despejaba aún más, tenía un hambre inusual así que me dirigí a la cocina con la intención de saciar mi voraz apetito y con la respectiva formación detrás de mí, volteé sorprendida a la mesa de la cocina al ver ahí mis anteojos. —¡Pensé que los traía puestos! —exclamé—¿Como era eso posible? ¡Sin ellos no podía ver nada!

Ahora si me sentía realmente confundida. Me dirigí de prisa al espejo de mi habitación y ahí estaba mi reflejo, sin los anteojos y observándome perfectamente, me quedé examinándome con extrañeza, como si el reflejo fuera el de otra persona, pero era yo... Solo que mi apariencia se veía más fresca, así mismo noté que mis rodillas ya no me dolían.

Pasaron tres días en los que no dejaba de pensar en el extraño suceso, cada día que pasaba me sentía más fuerte, también note las visitas continuas de diversas especies a los que no había visto jamás y que acudían a mi jardín; conejos, tortugas, ardillas, zarigüeyas, puerco espines, coyotes, búhos, insectos y ya no sé cuántos más, todos esperaban poder verme o quizás ser parte de mi vida...

Corrí a la cocina pues escuche claramente que el teléfono sonaba y digo claramente porque mi audición antes de ese acontecimiento era muy deficiente, sorprendida descolgué el auricular ya que nadie me llamaba; solo alcance a escuchar una extraña y ronca voz en un idioma que jamás pensé que existiera, pero que lo entendí a la perfección...

—Es la hora—dijo la voz.


—¿La hora? ¿De qué? ¿Quién es? —pregunte—Ahora si experimente temor y colgué el auricular de inmediato.

A la mañana siguiente me encontraba desayunando lo mismo de todos los días, una abeja se posó a comer de la mermelada de membrillo la cual elaboré la semana pasada producto del árbol que sembró mi madre cuando yo tenía aproximadamente diez años, pensé que los dos ya estábamos envejeciendo; temerosa encendí el televisor, y ahí estaban de nuevo esas horrorosas noticias, informando acerca de una corrida de toros y de cómo el torero triunfante le cortaba al pobre animal aún moribundo sus orejas y su cola; ya no me sentía triste. ¡Me sentía verdaderamente enfurecida!

—Ojalá tú y todas las de tu especie castigaran a esos malévolos toreros — le dije a la abeja— y molesta apague el televisor.

Me incorporé a mi rutina diaria, el aseo de la casa era primordial, pues no había quien la ensuciara, limpiarla me hacía sentir útil, así como el atender a mis compañeros, cuidar de las plantas y árboles frutales.

Corté guayabas que para mi sorpresa amanecieron del tamaño de una toronja y naranjas que parecían melones. ¡Estaban enormes! Me dispuse a preparar mermelada, recordando con nostalgia los días de mi niñez con mi madre, que me enseño todo tipo de encomiendas para ser una buena ama de casa, fui una alumna ejemplar, todo lo aprendí con gran devoción, solo que nunca me casé. Preparé varios tarros de mermelada, me sentía más fuerte que nunca, quería trabajar sin parar para tratar de olvidar ese... ¿Cómo describirlo? ¿Suceso? ¿Encuentro? ¡No sé qué fue!

A la mañana siguiente encontré en el jardín nuevos visitantes. ¡Mi casa ya parecía un zoológico! Pensé en lo bueno que era vivir en el campo alejada del pueblo, ya que con tantos animales las personas podrían molestarse, así que comencé a alimentar también a los nuevos comensales que ya se habían integrado perfectamente a la familia.

Ya dentro de la cocina sentí un extraño impulso por encender el televisor, nada bueno vendría de él, aun así, lo encendí y sintonice el noticiero... Con horror escuche las noticias. ¡Siete toreros habían perecido debido al ataque de varios y enormes enjambres de abejas! El episodio fue simultáneo mientras se celebraban corridas de toros en Bolivia, México y aquí en España; países que gozan al máximo de la fiesta brava. Las abejas los cubrieron por completo inyectándoles una fuerte dosis de veneno.

Me quede atónita. ¿Cómo pudo ser eso posible? ¿Fui yo la que ejecutó tal venganza? Deseché esa idea, era completamente absurda, era imposible que una anciana decrépita como yo podría orquestar semejante ataque. Me estuve convenciendo a mí misma que yo no planeé tal episodio. ¡Era imposible! Aterrada vi que la noticia dio la vuelta alrededor del mundo. Aún aturdida por ese evento me retire a mi habitación y ahí estaba mi imagen reflejada en el espejo, mi apariencia día con día mejoraba, había brillo en mis ojos, ya no lucían marchitos, mi cara se veía con una inusual frescura... Lucía más joven.

Me desplomé en mi cama—¿Qué me está pasando? —dije en voz alta incrédula— ¿Qué está sucediendo?
Todo lo comencé a percibir diferente, era como si mis neuronas se estuvieran renovando, así mismo comencé a notar que mis animales comprendían lo que yo les indicaba, eran como mis súbditos...

Lo mejor de esta situación era lo bien que me estaba comenzando a sentir físicamente, inclusive decidí suspender mis medicamentos para la presión, artritis y arritmia, así como diversos suplementos alimenticios proporcionados por el Ministerio de Salud. ¡No los necesitaba! Mi organismo estaba reaccionando mejor que nunca, inclusive noté que mis frecuentes olvidos ya no se habían vuelto a presentar. ¡Estaba más

alerta!


—¡Es el mejor regalo que he recibido en mi vida! —grité a los cuatro vientos—y retomé mis actividades cotidianas.
Ya en la cocina, comencé a preparar con gran entusiasmo los alimentos para todos nosotros; mi dieta era simple, a base de leguminosas, frutas, verduras, cereales, pan que yo misma preparaba y los huevos que Enriqueta me proveía, comer carne era impensable; mientras realizaba mis labores culinarias vi de reojo que ahí estaban mis animales parados en fila en la puerta de la cocina, observando... o quizás esperando por una orden.

Dos días después de haber terminado con mi rutina matutina, decidí que era importante bajar al pueblo, mi apariencia seguía mejorando y no sabía hasta qué punto iba a continuar; necesitaba borrarme del mapa, aunque creo que nadie me prestaba atención, pese a eso tomé mis precauciones. Me arreglé lo mejor que pude llevando conmigo mi bolsa para las compras, no sabía si la pudiera necesitar y ya lista emprendí una larga caminata hacia el pueblo, la cual realicé sin dificultad, siendo escoltada por algunas abejas y un par de halcones.

En el trayecto, empecé a formular un plan maestro y mi primera estrategia sería dirigirme al banco. Ya ahí, le comuniqué a un ejecutivo mi necesidad de hacer mis movimientos bancarios desde casa, me explicaron que debía tener un correo electrónico y una computadora, así que me dirigí a la única tienda del pueblo que vendían algo de tecnología.

El joven de la tienda con mucha amabilidad me atendió y armándose de paciencia me dio un curso rápido de computación, mismo que lo comprendí de inmediato ante su asombro, también creamos mi nuevo correo electrónico. ¡Por primera vez en mi vida me sentí importante! El amable joven Ignacio me comunico que me tramitaría el internet y que en dos días se presentarían en mi casa para hacer la conexión e instalar la computadora por cortesía de la tienda, así que cerrando el trato pagué sin problema, ya que casi no gastaba para mí en lo absoluto y contaba con algunos ahorros.

Me dirigí con alegría de nuevo al banco y ya con mi correo electrónico y mi capacitación por parte de esas personas tan amables de la institución, pude obtener por fin mi tarjeta de crédito para hacer todo tipo de movimientos.

Salí del banco eufórica y emocionada al saber que, con mi computadora aparte de poder hacer los pagos de luz, gas y teléfono, así como transferencias con lo referente a mi pensión, podría también hacer compras y me serían entregadas en mi domicilio. —¡Cuantos avances! —

me dije a mi misma— y continúe asombrada ante tanta modernidad.
Ya que de la tienda de tecnología me llevarían a mi casa la nueva computadora, mi bolsa con ruedas para hacer las compras iba vacía, así que me dirigí a la tienda del pueblo a comprar harina, aceite y azúcar. Durante el trayecto comencé a escuchar unos gritos de lo más espantosos y horrorizada, vi a lo lejos a un cruel hombre golpeando sin piedad a un perro con un fuete, mientras que varias personas suplicaban a gritos que dejara de golpear al pobre animal.


Una ira descomunal se apoderó de mí —¡Quítenle las manos de encima! —le dije a mis escoltas— Y en eso apareció una nube de enfurecidas abejas cubriéndole las manos al hombre, en cuestión de segundos sus manos ya no parecían tales y del cielo bajaron los halcones para cada uno arrancarle lo que quedaba de ellas.
Entre tanta confusión y los gritos del hombre, la gente ya se había juntado aún más a su alrededor.


—“Ven conmigo” — le susurré al asustado perro— el pobre animal como pudo con sus heridas se escabulló arrastrándose hacia mí, le abrí mi bolsa para las compras y se introdujo en ella aterrorizado con la sangre que escurría de su maltrecho cuerpo —“No hay duda, soy yo” — me decía a mí misma —y emprendimos el camino de regreso a casa.


Ya ahí me dediqué a curarle las heridas al pobre animal, que tenía la carne de su cuerpo desprendida. ¡Hasta un ojo le arrancó el muy desgraciado! Con gran maestría curé todas sus heridas y lo puse en reposo, le preparé un buen caldo de verduras con huevo mientras lo que quedaba de su mirada me penetraba con un profundo agradecimiento.


Ya no sentía remordimiento. ¡El tipo se lo merecía! Ahora solo me dedique a pensar el resto del día en lo que haría con mi nueva situación y cuidar de Emilio, el nuevo miembro de nuestra familia.

A la mañana siguiente me levanté más temprano de lo usual y me dirigí de prisa para ver cómo había amanecido Emilio, con gusto vi que seguía respondiendo a los cuidados recibidos, le volví a realizar sus curaciones y a alimentarlo; así inicié mi rutina cotidiana, cuidando al maltratado perro y a los demás animales. Al salir al jardín observé que las abejas habían formado una colmena de la cual escurría la miel más deliciosa que hubiera probado, de mi pequeño huerto comenzaban a asomarse pequeños brotes de algunos vegetales que yo no sembré, ya vería con los días qué brotaría de ellos; el nogal dejó caer tantas nueces que de inmediato pensé en hacer con ellas una buena harina, me tomo un par de horas recoger una buena cantidad de ellas. Me senté en mi terraza a quebrarlas mientras reflexionaba a fondo sobre esta situación... Me di cuenta de que la naturaleza se estaba preparando para alimentarme.


De nuevo en la cocina, ahí estaba el televisor de bulbos esperando a que lo encendiera o más bien ordenándome, así que lo encendí y debo decir que ya sin temor. La noticia que volvió a dar la vuelta al mundo fue del ataque de las abejas y los halcones al perverso hombre, los testigos narraban el hecho —¡La naturaleza le cobra a los que dañan a sus hijos! —exclamaron— Varios de ellos filmaron el suceso con sus teléfonos celulares y lo enviaron a las televisoras. Con gran ansiedad observé lo ocurrido pensando que yo pudiera salir en el evento, pero toda la atención de las cámaras estaba sobre el tipo perverso.


—¡Estuvo cerca! —me dije a mi misma—Salí a la terraza a tratar de pensar en lo que haría, pero algo muy dentro de mí me lo impedía, era como si ese algo estuviera tomando el control de mis decisiones. Dejé la terraza para alistarme obedeciendo ese extraño instinto y me dirigí a la parada de autobuses, compré un boleto para el puerto más cercano que se encontraba a dos horas del pueblo, no sabía por qué me dirigía hacia el mar. En el trayecto observé por la ventana a mis fieles escoltas, las abejas y el par de halcones, sonreí al sentirme tan querida y protegida.

Llegué al puerto a la una de la tarde, el día era de lo más soleado y hermoso, ya que en esta época del año el frío comenzaba a presentarse; comencé a caminar con una extraña determinación por la playa como si no fuera yo. Caminé por espacio de media hora alejándome de algunas personas que se encontraban tomando el sol, no sabía que iba a hacer ni que ocurriría, me alejé lo suficiente y ya en la soledad de la playa y el mar, atraída por las olas entre en él.

Desperté en la orilla del mar, mojada de pies a cabeza y por la posición del sol estimé que ya había pasado algún tiempo. Desconcertada, me sacudí la arena lo mejor que pude y regresé al puerto a tomar el autobús para retornar al pueblo.

Al comprar el boleto le pregunte al vendedor por la hora —¡Con gusto! — respondió—Son las seis y un cuarto, así que apresúrese pues su camión sale en quince minutos.


Ya dentro del autobús no dejaba de pensar en esas horas que pasaron y que no supe lo ocurrido. Curiosamente no sentí ninguna ansiedad como habría de suponerse, solo quería saber...

Llegué a casa ya de noche, mi familia me esperaba con gran alboroto. ¡Jamás los había dejado solos por tanto tiempo! Me apresuré a revisar a Emilio y a alimentar a toda la familia, el cansancio no me permitió comer bocado alguno por lo que me retiré exhausta a dormir.

Me despertó el constante timbre de la puerta, todavía no tenía en orden mis pensamientos, todo era tan confuso. ¿Quién podría ser a tan temprana hora? Abrí la cortina floreada de mi recámara que tal vez tendría unos cien años, sorprendida vi el sol en lo alto y dirigí de inmediato mi mirada al reloj. ¡Eran las doce treinta de la tarde! ¡Había dormido por doce horas continuas! Yo solo solía dormir seis. ¿Qué fue lo que me produjo tal cansancio?

El timbre continuaba sonando y los perros ladrando, por lo que me apresuré en ponerme la bata que era de mi madre—Guarden silencio y pórtense bien— con un susurro le dije a mi familia— y se hizo un silencio sepulcral.

Salí a atender la puerta y al abrir escuché: —¡Hola, señorita Consuelo pensamos que no se encontraba! —Me dijo con una sonrisa el joven Ignacio—¡Que tal Ignacio! ¡Pasen por favor! —le dije apenada al ver mi roída bata— mi cabello lucía ya menos plateado pero enredado como un nido de palomas. Había olvidado por completo que hoy vendrían a instalar el servicio de internet y la computadora... Y lo peor de todo, no sabía que había sucedido conmigo y lo que pudiera estar sucediendo en este mismo momento.

Ya adentro, el joven Ignacio emprendió su tarea afanosamente al desempacar la computadora para su posterior instalación, así como los jóvenes del servicio de internet comenzaron hábilmente sus labores — Tiene suerte, señorita Consuelo a pocos metros de su casa está un poste con cableado —me dijo uno de los jóvenes—Sus palabras resonaron en mis oídos y pensé. ¿Tengo suerte? Ya no estaba tan segura del beneficio de mi regalo.

Mientras los jóvenes trabajaban, fui a alimentar a mi familia y a revisar a Emilio, con sorpresa noté que sus heridas estaban sanadas. ¡Era muy pronto! Solo que el pobre quedó tuerto.


En mi huerto todo estaba demasiado crecido, con curiosidad jalé un brote ya muy grande y me quedé en mi mano con un enorme manojo de betabeles, en seguida jalé de otro y obtuve un manojo de hermosos nabos, continué con mi recolección hasta llenar un gran cesto de una hermosa verdura. ¡Nunca había recolectado tantos vegetales tan grandes y perfectos!

De nuevo en la cocina mientras preparaba limonada para los jóvenes, sentí ese impulso de encender el televisor que ya se encontraba sintonizado en el noticiero del canal cuatro, realmente solo podía ver dos canales al ser mi televisor tan antiguo, aunque suficiente para cubrir mis necesidades; el estar enterada de lo que ocurría en el mundo, era muy importante para mí. ¡Las noticias eran un caos! Ballenas en conjunto emergiendo del suelo submarino hacía los cascos de los barcos balleneros hundiéndolos con una extraña determinación para en seguida alejarse y no volver a ser vistas, pescadores que regresaban con sus barcas vacías, los parques recreativos acuáticos cerraron intempestivamente ya que los animales mostraron una misteriosa y peligrosa ansiedad. En los mares la vida marina simplemente desapareció de la vista del hombre, aún en las playas, focas, tortugas, cangrejos y una gran variedad de animales comenzaron a emigrar. No había forma de encontrarlos, era como si supieran como evadir al humano... O haber sido dotados de una especie de inteligencia.

¡Era increíble lo que estaba sucediendo en los mares y océanos! Curiosamente no me sentí inquieta, me sentí satisfecha.

—¡Que loco está el mundo! —me decía Ignacio al verme sentada frente al televisor.


— ¡No dejan de hablar de los últimos extraños acontecimientos! —volteé a verlo con curiosidad.

—¿Y tú que piensas de todo esto Ignacio? —le pregunté—No sé, pareciera que la naturaleza se está vengando por el mal uso que hemos hecho de ella.


—Así parece Ignacio —le respondí.

Los chicos terminaron su trabajo y dejaron instalada la computadora, todo funcionaba de maravilla. El amable joven Ignacio me proporcionó una última capacitación; gustosos se retiraron con una generosa propina que les proporcioné y con una bolsa de galletas de higo que les obsequié a cada uno de ellos.

Ya en el silencio de mi hogar me senté frente a la computadora. Podía acceder a todo lo que quisiera. ¡No tenía límites! Mi inteligencia se había desarrollado en estos días con una velocidad impensable.


Entre más accedía al mundo por medio de mi nueva computadora, más me enteraba de las crueles prácticas del humano hacía el mundo animal y los ecosistemas. Esa nueva extraña parte de mi o tal vez debiera decir “ese huésped”, empezaba a dominar a mi yo interior, percibía su furia, lo podía sentir... Así que comenzó a tomar decisiones sin reparo para controlar esa incomprensible violencia por parte del humano hacía todo tipo de ecosistemas. Mis manos en conexión con mi mente o más bien con esa nueva presencia interna, no paraban de teclear, se movían a una gran velocidad dando órdenes... ¿A quién se las estarían enviando? Y sobre todo ¿Cuál sería el contenido?

¡Al fin las manos pararon! Eran ya la siete de la noche por lo que me retiré con cierto temor del monitor y me apresuré a alimentar a mis criaturas. ¡No habían comido nada en todo el día! Aun así, permanecieron en formación en completo silencio. El hambre se apoderó de mí, por lo que pasé a la cocina a devorar todo lo que encontraba, mi organismo lo exigía, finalmente terminé con las 20 galletas de nuez que aún quedaban en el galletero.

Eran ya las diez de la noche y satisfaciendo mi voraz apetito, una extraña energía se apoderó de mí, yo ya no me gobernaba; como autómata salí de mi casa con paso firme dirigiéndome hacía el bosque... Una vez más no supe de mí.

El intenso canto de los pájaros me despertó, me encontraba recostada sobre el mullido musgo del bosque, rodeada de gigantescos árboles de pino y encino que tomaban formas misteriosas y de los animales que ahí habitaban esperando impávidos por “la orden” que en seguida se las di, aunque no fui yo, fue ese algo interior que cada vez tomaba más el control, yo solo era su estuche...

Caminé tres horas por veredas sinuosas flanqueadas por arbustos de diversas especies donde abundaban los lentiscos, zarzas, madroños y durillos; no sé cómo sabía el camino de regreso, atrás de mi venían nuevos ejemplares, solo que al acercarme a mi casa se quedaron cerca, pero guardando distancia. ¡Tenía nuevos guardaespaldas!

Ya en la cocina noté que el televisor no me llamaba, tampoco el monitor de la computadora, así que con alivio emprendí mis tareas domésticas. En ese momento me sentía en completo dominio de mi mente y mi cuerpo, creo que no quería saber lo ocurrido en el bosque, aunque debo admitir que ya me estaba acostumbrando a ese tipo de apagones. Al finalizar mis labores me dispuse a descansar en la mecedora de la terraza, envuelta en un chal de lana que en una ocasión me regaló la tía Amanda. Observé como se habían desarrollado las hojas de las plantas que se encontraban en cuatro macetas; eran tan grandes que parecían sombrillas.

Por esas fechas, los días comenzaban a sentirse más fríos, el otoño avanzaba cambiando el color de las hojas de los árboles en un rojo escenario, mi estación favorita. El canto de los pájaros y el balanceo de la mecedora me sumieron en un profundo sueño del que no podía despertar.

Me vi flotando a mí misma desde lo alto del techo de la terraza, dormía profundamente con mis perros echados a mi lado, me alejé balanceándome y vi desde lo alto que me encontraba en la selva en algún lugar de África, veía a las jirafas erigidas comiendo de las copas de los árboles, a un grupo de cebras huyendo de una leona, los elefantes en manada cuidando a sus crías. ¡El perfecto balance de la naturaleza! Pero vislumbré un safari de cazadores, iban con sus guías en cuatro jeeps, dos verdes y dos blancos, las caras de los cazadores se mostraban engolosinadas por matar, en especial el del ridículo sombrero rojo. ¡Ese tipo se veía de lo más malvado! La angustia se apoderó de mí y en ese momento todo me pareció borroso y oscuro... Desperté agitada. Una vez más no supe lo que ocurrió, aunque supe en seguida que había vivido una experiencia extracorporal al verme proyectada a otro continente... O quizás fue solo un sueño que parecía tan real. Ya nada me sorprendía.

En los tres días siguientes el huésped entró en mi cuerpo, no se apartaba del televisor ni del monitor de la computadora, mis manos continuaban tecleando sin parar por sus propias órdenes, también solicitaban lo que necesitaba en mi despensa y hacían todo tipo de pagos por medio de las transferencias, creo que yo solo participaba en alimentarme y en alimentar a mis amados animales. No sé qué escribía y tampoco que mandaba, yo simplemente me encontraba sometida en algún lugar de mi mente.

Pasando esos tres singulares días, me levanté temprano con una gran energía, sabía que de nuevo yo estaba en control de mi cuerpo, así que me apresuré a revisar que todos en casa estuvieran bien y así fue. Comencé a trabajar sin parar, antes que de nuevo me convirtiera en su estuche. Sentí nuevamente ese extraño apetito que me devoraba el estómago, por lo que pasé a la cocina a prepararme unos huevos con hongos, pan y té. Y ahí estaba de nuevo el televisor llamándome...

Ya tenía unos días que no veía las noticias, así que quede asombrada por los nuevos acontecimientos que sacudieron al mundo. El reino animal, vertebrados e invertebrados, parecía que habían sido dotados de una especial inteligencia y tenían la capacidad de comunicarse con otras especies, en sinergia se protegían los unos a los otros de la depravación del humano. Imágenes de todo el mundo circulaban en las redes sociales y televisoras; ataques masivos de los animales a todo aquel que los dañase, eran cientos de noticias al respecto, aunque debo decir la que más llamó mi atención fue la de los esqueletos al lado de cuatro jeeps que quedaron en África, uno de ellos con un sombrero rojo de cazador. —¡Vaya cosa! - exclamé—¡Si tuve una experiencia astral!

Curiosamente las personas comenzaron a mostrarse más “amables” con los animales, el buen trato hacia ellos comenzó a notarse. Los gobiernos revisaron los zoológicos, circos, parques acuáticos y acuarios; así mismo

prohibieron las corridas de toros, peleas de perros y gallos e incluso las clandestinas no volvieron a celebrarse, los organizadores ya sabían a lo que se atenían. La adopción de perros y gatos fue masiva, personas expiando su maldad interior pretendiendo quedar bien con la Madre Naturaleza.

Ver lo que ocurría en el mundo me daba un gusto enorme, pero sabía que esto no quedaría así, algo más ocurriría, lo presentía...


Dentro de los dos días siguientes, todo evolucionaba con relativa “normalidad”, hasta que de nuevo apareció ese extraño impulso por encender el monitor de la computadora. Ahí estaba yo sentada frente a él; sentí un sopor que me llevo a un profundo sueño y de nuevo sentí el desprendimiento. Me vi desde lo alto sentada dormida y en ese momento, una fuerza inexplicable me arrastró hacía el interior de la computadora, viajaba a toda velocidad dentro de la red, la cual emitía chispas de una brillante luz azul, todo eso ocurría dentro de esa maraña de conexiones mientras mis oídos escuchaban lejanamente el teclear del tablero de la computadora.

—¿Por cuánto tiempo estuve en ese extraño mundo? —me pregunté a mí misma— No lo sé, pero desperté con un cansancio jamás experimentado. Como pude llegué a mi habitación, me tiré rendida sobre la cama y dormí por espacio de veinte horas.

Al abrir los ojos me sentía con la cabeza tan pesada como la resaca que sentí hace trece años cuando tome dos copitas de jerez en la última navidad de la tía Amanda, que en gloria esté y en paz descanse. No alcanzaba a comprender, me senté en la orilla de la cama a despejar mi mente. No lo podía lograr, me sentía tan abrumada que entré a la ducha a tomar un baño de agua fresca; mientras el agua corría por mi cabeza comencé a recordar con ansiedad la experiencia vivida, solo que ya no me sentía poseída por mi huésped, era yo en pleno control de mi propio ser, supe que ya no se encontraba... La tristeza se apoderó de mí, mi compañero(a) de tantos episodios emocionantes que ocurrieron en estos días en mi aburrida y solitaria vida ya había partido. Me alisté y de inmediato encendí el televisor. ¡Tenía que saber lo ocurrido! ¡Centenas de estrepitosas noticias acogieron al mundo! Ni yo misma podía comprender el alcance del último episodio.

En mi rostro se dibujó una sonrisa, al escuchar el cierre total de las plantas termonucleares, así como todas aquellas contaminantes del aire, tierra y agua, así como la reincorporación de todos los animales en cautiverio a su entorno natural. El cierre de granjas de cría de ganado, puercos, pollos y pescado me hicieron pensar que el humano tendría que convertirse en vegetariano, no había de otra, los animales ya contaban con la suficiente inteligencia para reprimir y evadir al hombre, ya no serían su comida nunca más.

Continuaba observando con entusiasmo el nuevo orden global, los gobiernos trabajando temerosos a toda marcha, los que se oponían, recibían su merecido, pero ¿Qué ocurrió para que sucediera este cambio tan radical? De prisa me adentré en la computadora a investigar el nuevo acontecimiento.

Encontré un mensaje corto y contundente, enviado a todos los habitantes del planeta en todos los idiomas por medio de todo tipo de redes de comunicación:

“Cerrarán todo lo que lo dañe a los ecosistemas y lo respetarán para poder coexistir, de no ser así, se verán atacados masivamente por desconocidos virus, parásitos y bacterias que terminarán finalmente con su especie.”

¡Así de claro el mensaje! Bueno, debo decir que me quede temblando de miedo en mi silla, para pasar un poco más tarde a la nostalgia de saber que mi huésped se había marchado. En eso apareció una línea en la computadora... “Estarás monitoreando desde tu casa todo lo que ocurra y me lo harás saber por este medio”.

Y así fue, día tras día me sentaba frente al televisor de bulbos y al monitor de la computadora, ambos se convirtieron en una especie de portal para acceder al mundo del “huésped”. Pasaron los días, meses y años, mientras yo seguía haciendo mi trabajo, nada se me escapaba, incluso si alguien tuviese la mala ocurrencia de matar a una mosca. Mi apariencia y mi estado físico mejoraron dos décadas y así me quede, aunque pasaran los años sin envejecer ni rejuvenecer, siendo solo el medio para conservar el equilibrio del medio ambiente; aunque debo decir que dentro de mí esta la inquietud de saber si esto fue un regalo o una maldición.